The Ascent of Humanity by Charles Eisenstein

The Age of Separation, the Age of Reunion, and the convergence of crises that is birthing the transition

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Dinero: Un Nuevo Comienzo

Dinero: Un Nuevo Comienzo (Parte 2)

Dinero y Crisis de Civilización

 

Introducción

Truductor: Mauro Lacy

Más que cualquier otra especie, los seres humanos están dotados del poder de manipular su entorno, y la capacidad de acumular y transmitir conocimiento a través de las generaciones. Llamamos tecnología al primero de estos dones; cultura al otro. Son centrales a nuestra humanidad.

Acumulándose durante miles de años, la cultura y la tecnología nos han llevado a un reino humano separado. Vivimos, más que cualquier animal, rodeados de nuestros propios artefactos. Entre ellos hay trabajos de incomparable belleza, complejidad, y poder, creaciones humanas que podrían no haber existido—podrían incluso ni siquiera haber sido concebidas—en tiempos de nuestros antepasados. Raramente nos detenemos a apreciar la audacia de nuestros logros: objetos tan mundanos como un disco compacto, un teléfono celular con vídeo, un aeroplano, hubiesen parecido fantásticos tan solo unos pocos siglos atrás. Hemos creado un ámbito de magia y milagros.

Al mismo tiempo, es muy fácil ver a la tecnología y a la cultura no como regalos sino como una maldición. Luego de milenos de desarrollo, el poder para manipular el entorno se ha vuelto el poder para destruirlo, mientras que la capacidad de transmitir conocimiento transmite también un legado de odio, injusticia, y violencia. Hoy, a medida que ambas, la destrucción y la violencia, alcanzan un crescendo febril, pocos pueden negar que el mundo está en un estado de crisis. Las opiniones varían al respecto de cual es su naturaleza exacta: algunas personas dicen que es principalmente ecológica; otros dicen que es una crisis moral, social, económica, o política, una crisis de la salud, e incluso una crisis espiritual. Hay, sin embargo, poco desacuerdo en que la crisis es de origen humano. De allí, la desesperación: ¿es la ruina presente del mundo inherente a nuestra humanidad?

¿Son el genocidio y el ecocidio el precio inevitable de la magnificencia de la civilización? ¿Deben los más sublimes logros del arte, la música, la literatura, la ciencia, y la tecnología ser construidos sobre las ruinas del mundo natural y la miseria de sus habitantes? ¿Puede el microchip venir sin el derrame de petróleo, la mina despojada, el vertido de residuos tóxicos? ¿Bajo la sombra de cada Catedral de Chartres, debe haber mujeres quemándose en la hoguera? En otras palabras, ¿puede el regalo de la tecnología y la cultura estar de algún modo separado de la maldición?

Los fracasados sueños Utópicos de los últimos siglos nos dejan poca esperanza. Más allá de los milagros que hemos producido, personas de todo el espectro ideológico, desde fundamentalistas Cristianos a activistas medioambientales, comparten el presentimiento de que el mundo está en grave y creciente peligro. Mejoras temporarias, localizadas, no pueden ocultar el ambiente de iniquidad que permea la urdimbre y el tejido de la sociedad moderna, y con frecuencia también nuestras vidas privadas. Podremos manejar cada problema inmediato y controlar cada riesgo predecible, pero un desasosiego subyacente permanece. Me estoy refiriendo sencillamente al sentimiento, “Algo anda mal aquí.” Algo tan fundamentalmente mal que siglos de nuestros mejores y más brillantes esfuerzos para crear un mundo mejor han fallado o han sido incluso contraproducentes. A medida que esta comprensión se asienta, respondemos con desesperanza, cinismo, adormecimiento, o distanciamiento.

Aún así, sin importar cuan completa sea la desesperanza, sin importar cuan amargo el cinismo, balbucea una posibilidad de un mundo más hermoso y una vida más magnífica de la que conocemos hoy. Aunque podamos racionalizarlo, no es racional. Nos volvemos conscientes de ello por momentos, intervalos en el apurarse y empujar de la vida moderna. Estos momentos vienen a nosotros solos en la naturaleza, o con un bebé, haciendo el amor, jugando con niños, cuidado a un moribundo, haciendo música por la música o belleza por la belleza. En tales ocasiones, una alegría simple y fácil nos muestra la futilidad del vasto programa de gestión y de control, consumidor de vida.

Intuimos también que algo similar es posible colectivamente. Algo de lo que pudimos haber experimentado cuando nos encontramos a nosotros mismos cooperando naturalmente y sin esfuerzo, instrumentos de un propósito más grande que nosotros mismos que, paradójicamente, nos hace individualmente más y no menos cuando nos abandonamos a ello. Es a lo que los músicos se refieren cuando dicen, “La música interpretó a la banda.”

Otro modo de ser es posible, y está justo enfrente nuestro, más cerca que cerca; tanto que es transparentemente cierto. Y aún así se nos escapa tan fácilmente que difícilmente creemos que pueda ser la fundación de la vida; así que lo relegamos a un más allá y lo llamamos Paraíso, o lo relegamos al futuro y lo llamamos Utopía. (Cuando la nanotecnología resuelva todos nuestros problemas. . . cuando todos aprendamos a ser amables unos con otros. . . cuando por fin no esté tan ocupado. . .) De una u otra manera, lo alejamos de este mundo y esta vida, y por lo tanto negamos su factibilidad y su realidad en el aquí-y-ahora. Aún así el conocimiento de que la vida es más que Sólo Esto no puede ser suprimido, no para siempre.

Sea para mí mismo o para el mundo, comparto con soñadores, Utopistas, y adolescentes una irrazonable intuición de un potencial magnífico, que la vida y el mundo pueden ser más de lo que hemos hecho de ellos.

¿Qué error, entonces, qué engaño nos ha llevado a aceptar la vida inferior y el mundo inferior en el que nos encontramos hoy? ¿Qué nos ha vuelto incapaces de resistir la fealdad, la polución, la injusticia, y el abierto horror que ha surgido para engullir el planeta en las últimas pocas centurias? ¿Qué calamidad nos ha de este modo resignado, que lo llamamos la condición humana? Esos momentos de amor, libertad, serenidad, juego—¿qué poder nos ha hecho creer que no son más que respiros de la vida real?

Inspirado por momentos así, he pasado los últimos diez años tratando de entender qué nos mantiene—y qué me mantiene—lejos del mundo mejor que nuestros corazones nos dicen debe existir. Para mi asombro sin fin, sigo descubriendo una raíz común bajo todas las diversas crisis de la era moderna. Subyacente al vasto hato de ruinas que nuestra civilización ha esculpido no está la naturaleza humana, sino su opuesto: la negación de la naturaleza humana. Esta negación de la naturaleza humana descansa a su vez en una ilusión, un mal entendimiento del ser y del mundo. Nos hemos definido a nosotros mismos como algo distinto de lo que somos, como sujetos discretos separados unos de otros y separados del mundo a nuestro alrededor. En cierto modo éstas son buenas noticias: en este libro describiré los profundos cambios que fluirán—y están ya fluyendo—de la re-concepción del ser que está en camino. La mala noticia es que nuestra concepción presente del ser está tan profundamente tejida en nuestra civilización—en nuestra tecnología y en nuestra cultura—que su abandono sólo puede venir con el colapso de mucho de lo que nos es familiar. Es esto lo que la actual convergencia de crisis presagia.

Todo lo que escribí en el parágrafo anterior sobre nuestra civilización se aplica también a cada uno de nosotros individualmente. Los santos y los místicos han tratado por miles de años de enseñarnos cómo estamos atrapados en una ilusión sobre quienes somos. Esta ilusión inevitablemente nos provoca sufrimiento, y eventualmente una crisis que solo podrá ser resuelta por medio de un colapso, una entrega, y una apertura a un estado de ser más allá de la previa auto-limitación. Tú no eres, nos dicen, un “ego encapsulado en carne”, y la felicidad duradera nunca podrá ser el resultado de perseguir la agenda de ese ego. Esas enseñanzas espirituales me han ayudado a concebir, al menos parcialmente, mis intuiciones de lo que el trabajo, el amor, las relaciones humanas, y la salud pueden ser. No son el tema principal de este libro, sin embargo, ni afirmo ejemplificarlas en mi propia vida. De todos modos, el cambio en nuestra auto-concepción colectiva está íntimamente ligado a un cambio paralelo en nuestra auto-concepción individual. En otras palabras, hay una dimensión espiritual de la crisis planetaria.

A medida que esta crisis planetaria invade nuestras vidas individuales, inevitablemente, ni el malentendido personal ni el colectivo de quienes somos seguirá siendo sostenible. Cada uno de ellos refleja al otro: en sus orígenes, sus consecuencias, y su resolución. Esa es la razón de que este libro entreteja la historia de la separación de la humanidad de la naturaleza con la historia de nuestra alienación individual de la vida, la naturaleza, el espíritu, y el ser.

* * *

A pesar de mi fe de que la vida está signada para ser más, pequeñas voces murmuran en mi oído que estoy loco. Nada está mal, dicen, ésta es sólo la manera en que son las cosas. La marea creciente de miseria humana y destrucción ecológica, tan vieja como la civilización, es simplemente la condición humana, un resultado inevitable de inherentes fallas humanas como el egoísmo y la haraganería. Dado que no puedes cambiarlas, agradece tu buena fortuna en evitarlas. La miseria de gran parte del planeta es una advertencia, dicen las voces, para protegerme a mi y a los míos, impulsándome a maximizar mi seguridad.

Además, no puede ser tan malo como pienso. Si todo esto fuese cierto—sobre la destrucción ecológica, el genocidio, los niños hambrientos, y la entera letanía de crisis inminentes—entonces ¿no estarían todos vociferando sobre ello? La normalidad de las rutinas que me rodean aquí en Norteamérica me dicen, “No puede ser tan malo.” Esa pequeña voz se hace eco a través de la cultura. Cada volante de publicidad, cada noticia sobre celebridades, cada catálogo de producto, cada promocionado evento deportivo, lleva el sub-texto, “Puede permitirse preocuparse por esto.” Un hombre en una casa en llamas no se preocuparía por estas cosas; que nuestra cultura no se preocupa por ellas, casi exclusivamente implica que nuestra casa no está quemándose. Los bosques no están muriéndose. Los desiertos no se están expandiendo. La atmósfera no se está calentando. Los niños no están muriendo de hambre. Los torturadores no están libres. Etnias enteras no están siendo exterminadas. Estos crímenes contra la humanidad y los crímenes contra la naturaleza no pueden estar sucediendo realmente. Probablemente han sido exagerados; en todo caso, están sucediendo en otra parte. Nuestra sociedad encontrará soluciones antes que las calamidades del Tercer Mundo me afecten. Miren, nadie más está preocupado, ¿o lo están? La vida tararea como siempre.

En cuanto a mi intuición de posibilidades magníficas para mi propia vida, bueno, mis expectativas son muy altas. Crece, dicen las voces, la vida es tan solo esto. ¿Qué derecho tengo yo a esperar la irrazonable magnificencia cuya posibilidad ciertos momentos me han mostrado? No, es en mis intuiciones en que no debo confiar. Los ejemplos de lo que la vida es me rodean y definen lo que es normal. ¿Veo acaso alguien a mi alrededor cuyo trabajo sea su alegría, cuyo tiempo sea de él, cuyo amor sea su pasión? No puede suceder. Agradece, dicen las voces, que tu trabajo es razonablemente estimulante, que te sientes “enamorado” al menos de vez en cuando, que el dolor es manejable y las incertidumbres de la vida están bajo control. Deja a lo suficientemente bueno ser suficientemente bueno. Seguro, la vida puede ser un lastre, pero al menos puedo permitirme escapar algunas veces. La vida es sobre trabajo, auto-disciplina, responsabilidad, pero si me saco de encima a estas rápida y eficientemente, puedo disfrutar vacaciones, entretenimiento, fines de semana, tal vez incluso jubilarme antes. Oyendo a estas voces, ¿es una maravilla que por tantos años, haya dedicado la mayor parte de mi energía y vitalidad a las evasiones de la vida? ¿Es una maravilla que tantos de mis estudiantes en Penn State prevean ya, a la edad de 21 años, retirarse?

Si la vida y el mundo son Sólo Esto, no tenemos otra opción que hacer lo mejor de ello: ser más eficientes, lograr una mejor seguridad, mantener a las incertidumbres de la vida bajo control. Hay voces que también dicen esto. Son los evangelistas de la tecnología y el auto-mejoramiento, que nos urgen a mejorar la condición humana básicamente mediante el esforzarnos más. Mi evangelista interior me dice que ponga mi vida bajo control, que trabaje todos los días, que organice mi tiempo más eficientemente, que controle mi dieta, que sea más disciplinado, que me esfuerce más en ser una buena persona. A nivel colectivo, la misma actitud nos dice que tal vez la próxima generación de tecnologías materiales y sociales—nuevas medicinas, mejores leyes, computadoras más rápidas, la energía solar, la nanotecnología—finalmente van a tener éxito en mejorar nuestro ámbito. Seremos más eficientes, más inteligentes, más capaces, y finalmente tendremos la capacidad para resolver los antiguos problemas de la humanidad.

Hoy, para más y más personas estas voces están sonando a hueco. Palabras como “high-tech” y “moderno” pierden su caché a medida que una multiplicidad de crisis convergen sobre nuestro planeta. Si somos afortunados, podremos, por un tiempo, evitar que estas crisis invadan nuestra vida personal. Aún así a medida que el entorno continúa deteriorándose, la seguridad laboral se evapora, la situación internacional empeora, nuevas enfermedades incurables aparecen, a medida que el ritmo de cambio se acelera, parece imposible descansar en paz. El mundo se vuelve más competitivo, más peligroso, menos acogedor a la vida fácil, y la seguridad cuesta más y más esfuerzo. E incluso cuando se consigue una seguridad temporaria, una ansiedad latente acecha dentro de los muros de la fortaleza, una muda incomodidad en el fondo de la vida moderna. Percola la sociedad tecnológica, y se intensifica a medida que el ritmo de la tecnología se acelera. Comenzamos a desesperanzarnos de nuestras soluciones—nuevas tecnologías, nuevas leyes, más educación, esforzarse más—que sólo parecen empeorar nuestros problemas. Para muchos activistas, la desesperanza da lugar a la desesperación a medida que, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, la catástrofe se acerca aun más.

Este libro explica por qué esforzarse más no puede funcionar nunca. Nuestros “mejores esfuerzos” están afirmados en el mismo modo de ser que es responsable de la crisis en primer lugar. Como dice Audre Lord, “Las herramientas del maestro nunca desmantelarán la casa del maestro.” Pronto, sin embargo, este modo de ser llegará a un fin, para ser reemplazado por una comprensión profundamente diferente del ser, y una profundamente diferente relación entre los humanos y la naturaleza. Este libro es sobre la creciente revolución en la humanidad.

* * *

Cuando decimos que la crisis planetaria es de origen humano (y no natural), ¿qué queremos decir? Los seres humanos después de todo somos mamíferos, criaturas biológicas no menos naturales que cualquier otra. En un sentido, no puede haber distinción entre lo humano y lo natural, porque los seres humanos somos parte de la naturaleza y todo lo que hacemos es por lo tanto “natural”. Sin embargo, distinguimos. Reconocemos en la naturaleza un tipo de armonía, balance, autenticidad, y belleza que falta en el mundo de la tecnología—piense en las connotaciones de la palabra “artificial”. Sea en los hechos o en la percepción, los humanos modernos vivimos de una manera que ya no es más natural.

En el meollo de la distinción humano-natural está la tecnología, el producto de la mano humana. Mientras que otros animales hacen y utilizan herramientas, ninguna otra especie tiene la capacidad de rehacer o destruir el entorno físico, de controlar los procesos de la naturaleza o de trascender sus limitaciones. Dominando entonces así a la naturaleza con tecnología, y a la naturaleza humana con cultura, nos distinguimos del resto de la vida, estableciendo un reino humano separado. Creyendo que esto es algo bueno, pensamos esta separación como un ascenso en el cual nos hemos elevado por sobre nuestros orígenes animales. De allí nuestro término favorito para la acumulación milenaria de cultura y tecnología: “progreso”.

Es la separación entonces, en la forma de la tecnología y la cultura, la que nos define como humanos; asimismo, es la separación la que ha generado las crisis convergentes del mundo actual. Las personas de convicciones religiosas pueden atribuir la crisis fundamental a la separación de Dios; las personas con creencias ecológicas, a una separación de la naturaleza; las personas abocadas al activismo social podríam focalizarse en la disolución de la comunidad (que es una separación del uno del otro); podríamos investigar también la dimensión psicológica, una separación de partes perdidas de nosotros mismos. Para bien o mal, es la separación la que nos ha hecho quienes somos.

A través de largos y tortuosos senderos, estas formas de la separación han creado el mundo que hoy conocemos. Nuestras intuiciones de que la vida y el mundo están signados para ser más reflejan el carácter ilusorio último de esa separación. Pero es una ilusión poderosa, que ha generado las crisis convergentes que vemos hoy en la política, el entorno, la medicina, la educación, la economía, la religión, y muchos otros ámbitos. En este libro trazaré los senderos a estas crisis. Constantemente me sorprendo de cómo la misma equivocación fundamental del ser subyace en fenómenos aparentemente desconectados como la guerra en Iraq, la propiedad intelectual, la resistencia a los antibióticos, la lluvia ácida, la limpieza étnica, los correos basura, los suburbios desparramados, y la declinante alfabetización norteamericana. (No, no voy a echarle toda la culpa al “capitalismo”, ya que nuestro sistema económico es también más un síntoma que una causa de la separación.)

La raíz y el epítome de la separación es el ser discreto, aislado, de la percepción moderna: el “yo soy” de Descartes, el “hombre económico” de Adam Smith, el fenotipo individual de la competencia Darwiniana por los recursos, el ego encapsulado en piel de Alan Watts. Es un ser condicionalmente dependiente, pero fundamentalmente separado de, el Otro: de la naturaleza y de otras personas. Viéndonos a nosotros mismos como seres discretos y separados, naturalmente buscamos manipular al no-sí mismo para nuestro mayor provecho. La tecnología en particular está predicada bajo algún tipo de individuación o separación conceptual del entorno, porque toma al mundo físico como su objeto de manipulación y control. La tecnología, en efecto, nos dice, “Hagamos al mundo mejor.”

Si, como he escrito arriba, nuestra concepción del ser como seres discretos y separados es una ilusión, entonces el entero ascenso de la humanidad—las especies de la cultura y la tecnología—está basado también en una ilusión. Es por eso que las implicaciones de nuestra actual reconsideración de nosotros mismos son tan profundas, prometiendo nada menos que una redefinición radical de lo que es ser humano, como nos relacionamos unos a otros, y como nos relacionamos con el mundo.

No sólo está la tecnología basada en una separación conceptual de la naturaleza, sino que también refuerza esa separación. La tecnología nos distancia de la naturaleza y nos aisla de sus ritmos. Por ejemplo, la mayoría de las vidas de los Norteamericanos son poco afectadas por las estaciones del año. Comemos la misma comida todo el año, enviada desde California; el aire acondicionado nos mantiene frescos en el verano; la calefacción tibios en el invierno. Las limitaciones físicas naturales de los músculos y los huesos ya no limitan más cuan lejos podemos viajar, cuan alto podemos construir, o la distancia a la cual podemos comunicarnos. Cada avance tecnológico nos distancia de la naturaleza, si, pero nos libera también de las limitaciones naturales. De allí, el “ascenso”. Pero ¿cómo pueden todas estas mejoras dar como resultado el mundo en el que nos encontramos hoy?

Nos enfrentamos a una paradoja. Por un lado, la tecnología y la cultura son fundamentales para la separación de los humanos de la naturaleza, una separación que es raíz de las crisis confluentes de la era actual. Por el otro lado, la tecnología y la cultura buscan explícitamente mejorar a la naturaleza: hacer la vida más fácil, más segura, y más confortable. ¿Quién puede negar que la primer pala fue una mejora por sobre manos y uñas; quién puede negar que el fuego nos mantiene más calientes y la medicina más sanos que el primitivo viviendo en estado natural? Al menos, eso es lo que esas tecnologías intentan. ¿Pero hemos realmente hecho al mundo mejor? Si no, ¿por qué entonces la tecnología no ha logrado su pretendido propósito? Nuevamente: ¿Cómo una serie de mejoras incrementales da como resultado una crisis?

El Capítulo Uno comienza a responder estas preguntas describiendo una grave falla constitutiva en la premisa misma de la tecnología, y más allá de eso, en la generalización de la tecnología como el “programa de control”. Considerándolo a través del lente de la adicción, veremos que la desesperanza arriba mencionada está justificada, que nuestro completo acercamiento a la resolución de problemas nos vuelve indefensos para hacer algo que no sea empeorar la crisis concurrente. Como un animal atrapado en arenas movedizas, cuanto más luchamos más rápido nos hundimos.

El Capítulo Dos describe cómo nos metimos en este lodazal para empezar. Ahonda bastante más allá de los usuales culpables de la industria y la agricultura para identificar los orígenes de la separación en todo lo que nos hace humanos: el lenguaje, el arte, la medida, la religión, y la tecnología, incluso la tecnología de la Edad de Piedra. Éstos se han montado unos sobre los otros, confluyendo en la marea alta de alienación y miseria que engolfa actualmente al planeta. Sin embargo, al rastrear la separación responsable de nuestra crisis actual a tiempos prehistóricos o incluso pre-humanos, comenzamos a ver a la separación no como un “giro monstruosamente errado” (para usar las palabras de John Zerzan) sino como una inevitabilidad orgánica llevándonos, quizá, a una nueva fase de desarrollo natural y humano.

Fue con la Revolución Científica de Galileo, Newton, Bacon, y Descartes que la ideología de la separación recibió su completa articulación. Llamamos a esa articulación “ciencia”. El capítulo Tres describe cómo la distinción conceptual entre ser y mundo está metida dentro de nuestro propio vocabulario de pensamiento. Los métodos y técnicas de la ciencia moderna, junto con ese entero modo de pensar que llamamos racional, objetivo, o científico, fortalecen el régimen de separación incluso cuando tratamos de mitigarlo. Las herramientas del maestro nunca desmantelarán la casa del maestro. Un ejemplo de esto es la urgencia para “salvar el entorno” o “conservas los recursos naturales”, locuciones que reafirman un entorno externo, fundamentalmente separado de nosotros mismos, del cual somos sólo condicionalmente dependientes. Esto se hace eco de la cosmología científica clásica que, aunque obsoleta, forma aún las bases de nuestras intuiciones: somos seres aislados, separados, contemplando un universo objetivo de fuerzas impersonales y masas genéricas.

Entretanto, también la religión es mostrada como cómplice en la des-espiritualización del mundo que asociamos con la ciencia. Al retraerse a un reino no material del espíritu siempre achicándose, o negando flagrantemente las observaciones científicas elementales, la religión ha cedido efectivamente el mundo material a la ciencia de Newton y Descartes. Con el espíritu separado de la materia y Dios separado de la Creación, somos dejados impotentes y solos en la “Máquina-del-mundo Newtoniana”.

Después de que el lenguaje y la medida han etiquetado y cuantificado al mundo, y la ciencia lo ha hecho un objeto, el siguiente paso es volverlo un bien de consumo masivo. El Capítulo Cuatro describe las vastas consecuencias de la conversión de toda riqueza—social, cultural, natural, y espiritual—en dinero. Fenómenos tan diversos como la disolución de la comunidad, el debilitamiento de la amistad, el crecimiento de la propiedad intelectual, el acortamiento de los lapsos de atención, la profesionalización de la música y el arte, y la destrucción del entorno tienen un origen común en nuestro sistema de dinero y propiedad, que surge a su vez de (y se fortalece con) nuestra auto-concepción como seres discretos y separados en un universo objetivo de otros. Simplemente tratar de dejar de ser tan codicioso nunca será suficiente, porque el egoísmo está metido a un nivel imposiblemente profundo. Este egoísmo, sin embargo, no es “naturaleza humana”, sino más bien su negación, naturaleza humana retorcida por nuestra equivocación sobre quienes somos.

Las consecuencias de nuestro fundamental malentendido del ser y del mundo, introducidas en el Capítulo Uno, son completamente retratadas en el Capítulo Cinco. Nuestra oposición a la naturaleza y a la naturaleza humana, implícita en la misión de la tecnología para mejorarlas, sólo puede resultar en un “mundo bajo control.” Manifestando en cada ámbito, desde la religión a la ley, la educación y la medicina, que mantenemos el mundo bajo control sólo a un precio cada vez mayor. Desesperadamente, respondemos a cada falla del control con más de él, posponiendo pero en definitiva intensificando la eventual hora de la verdad. A medida que el capital social, cultural, natural, y espiritual de Capítulo Cuatro es agotado, a medida que nuestra tecnología se demuestra incapaz de evitar las crisis inminentes, el colapso del mundo bajo control se acerca más y más. Es ése colapso, que la convergencia actual de crisis presagia, el que preparará la escena para la Era de Reunión descripta en el Capítulo Siete.

Mientras la ciencia clásica presenta la ilusión de la separación como un hecho, los desarrollos científicos del último siglo han vuelto obsoleta a la Máquina-mundo Newtoniana. El Capítulo Seis describe como el derrumbe de la visión del mundo objetiva, reduccionista, determinista abre la puerta no sólo a una nueva forma de tecnología, sino también a una espiritualidad que ve a la sacralidad, al propósito, y al sentido como propiedades fundamentales de la materia. Parte de nuestra separación ha sido ver al espíritu como distinto de la materia, sea como impuesto desde el exterior por un Dios sobrenatural, o como una mera invención de nuestra imaginación. Evitando asiduamente los clichés New Age sobre la mecánica cuántica, el Capítulo Seis elabora sobre desarrollos recientes en física, si, pero también biología evolutiva, ecología, matemática, y genética. Coloca el basamento para una reunificación de materia y espíritu, así como la reunificación del hombre y la naturaleza, el ego y el otro, el trabajo y el juego, y todos los demás dualismos de la Era de la Separación.

En nuestra época estamos observando la intensificación de la separación hasta su punto de ruptura—la convergencia de crisis mencionada arriba, que está dando a luz una nueva era. Yo la llamo la Era de la Reunión. El Capítulo Siete retrata lo que podría ser la vida fundada ya no más en la ilusión del ser discreto y separado. Elaborando sobre los nuevos paradigmas científicos del Capítulo Seis, describe un sistema de dinero, economía, medicina, educación, ciencia y tecnología que no busca el control o la trascendencia de la naturaleza, sino nuestra plena participación en la naturaleza. Aún así no es un retorno al pasado, ni tampoco una deprivación de los regalos de la mano y la mente que nos hacen humanos. La Era de la Reunión es más bien una nueva propiedad humana, un retorno a la armonía y totalidad del cazador-recolector pero a un nivel superior de organización y a un nivel superior de conciencia. No revierte sino que más bien integra el rumbo entero de la separación, que podemos comenzar a ver como una aventura de auto-descubrimiento en lugar de un terrible error.

Aunque afirmo la premonición general, creciente, de la inminente caída de nuestra civilización, de todos modos la enorme miseria y ruina que hemos traído no es en vano. Miren la línea del horizonte de Nueva York, o un acercamiento a una placa de circuito integrado: ¿Puede ser todo para nada? ¿Pueden la increíble complejidad, la furiosa actividad, y los vastos conocimientos científicos de nuestra civilización ser meramente, parafraseando a Shakespeare, “sonido y furia, que no significan nada”? Siguiendo mi intuición hacia lo contrario, en el Capítulo Ocho describo lo que creo será el propósito cósmico de nuestro “ascenso” en los futuros alcances de la separación. Basándome en metáforas religiosas, mitológicas, y cosmológicas, el Capítulo Ocho pone a las mareas de la separación y la reunión en un vasto contexto en el cual ninguno de nuestros esfuerzos para crear un mundo de totalidad y belleza, por más condenados a la ruina que puedan parecer ahora, son fútiles, tontos, o insignificantes.

Aún en los días más oscuros, todos y cada unos sienten una posibilidad superior, un mundo que sea merecedor de ser, una vida como merecemos vivir. Vislumbres de este “mundo de totalidad y belleza” han inspirado a los idealistas por miles de años, y resonado en nuestra psique colectiva como las nociones de Paraíso, una Era de Acuario, o el Edén: una pasada y futura Edad Dorada. Como los místicos han enseñado a través de las eras, un mundo tal está más cerca que cerca, “dentro y entre nosotros”; aún así está imposiblemente distante, inaccesible para siempre a cualquier esfuerzo que surja de nuestra auto-concepción actual. Para alcanzarlo, nuestra auto-concepción presente y las relaciones con el mundo que implica deben colapsar, de modo que podamos descubrir nuestro verdadero ser, y por lo tanto nuestro verdadero rol, función, y relación con el universo.

Este libro expone la futilidad, la fraudulencia, y finalmente la falta de base del programa para controlar el mundo, para etiquetarlo y numerarlo, para categorizarlo y poseerlo, para trascender a la naturaleza y a la naturaleza humana. Así expuesto, ese programa perderá su fuerza sobre nosotros, de modo que podamos descartarlo antes de que consuma hasta el último vestigio de vida y belleza sobre la tierra. Los extensos capítulos científicos están aquí para persuadirlo de que el mundo mecanicista, objetivo del ser discreto y separado no es real sino una proyección, meramente la imagen de nuestra propia confusión.

El Ascenso de la Humanidad no es meramente otra crítica de la sociedad moderna, y las soluciones que exploro no están en los lineamientos de “debemos hacer esto” y “no debemos hacer aquello.” ¿Quién carajo es “nosotros”? Tú y yo somos solo tú y yo. Es por eso por lo que tanto discurso político (sobre lo que “nosotros” debemos hacer) es tan descorazonador; eso es por lo que tantos activistas experimentan tal desazón, tal desaliento. Tú y yo, sin importar cuánto estemos de acuerdo el uno con el otro, no somos el “nosotros” de la acción colectiva, como en “nosotros necesitamos más sustentabilidad” o “nosotros necesitamos buscar opciones diplomáticas.” Encuentro muchas personas resonando con mi intuición de una equivocación sobre la vida y el mundo como lo conocemos, pero su respuesta no es indignación potenciada, es desesperanza, desesperación, impotencia. ¿Qué puede hacer una persona? En realidad, esas emociones son también síntomas de la misma separación detrás de todas nuestras crisis. Cuando soy un individuo discreto y separado, lo que hago hace poca diferencia. Pero esta lógica está fundada sobre una ilusión. Nosotros—tú y yo—somos en realidad poderosos más allá de la imaginación.

Debido a que la ilusión del estado de separación se está derrumbando, la alternativa que ofrezco es práctica, natural, y de hecho inevitable. La ruina y la violencia de la era presente no tipifican una inmutable “condición humana”. Se originan en una confusión sobre el ser y el mundo, una confusión encarnada en nuestros principios científicos y religiosos fundamentales y aplicada a cada aspecto de la vida moderna, desde la política y la economía a la medicina y la educación. La destrucción social y ambiental es una consecuencia inevitable de esta visión del mundo, así como el rejuvenecimiento y la totalidad han sido, y serán, la consecuencia de una visión del mundo diferente, que esté enraizada en la cultura primitiva y la religión, la ineludible y aún así hasta ahora generalmente no realizada consecuencia de la ciencia del siglo XX.

Nuestra distinción actual ego/mundo, y su consecuente separación de todo el mundo en entidades discretas, ha corrido el curso de utilidad como el paradigma dominante. Nuestra individuación, como individuos y como especie separada de la naturaleza, está completa; de hecho está sobre-completa. Lo que comenzó con la agricultura e incluso antes, con tanteos a ciegas pre-humanos hacia las tecnologías de la piedra y el fuego, ha alcanzado su límite exterior. Nos ha llevado lejos, esta separación; ha impulsado la creación de maravillas. En tanto y en cuanto esta separación es una ilusión y nosotros también somos parte de la naturaleza, esa ilusión ha desatado una nueva fuerza de la naturaleza que ha transformado el planeta. Pero si los dones humanos de la mano y la mente son también naturales, entonces ¿qué sucedió con la “armonía, belleza, y autenticidad” cuya ausencia todos podemos sentir en el mundo de la tecnología? ¿Podremos alguna vez alcanzar esa condición humana que sentimos como posible en esos momentos e conexión espiritual? Este libro explorará los extremos de la separación a los que hemos llegado, así como la potencial reunión que yace en la consumación, y no el abandono, de los dones que nos hacen humanos.

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